Ya sé por qué me fijo en el cómo de las cosas.
El que yo recuerdo como mi primer poema se titulaba El Arcoíris o Arcoíris, no estoy segura. Fue una tarde que mi padre se ofreció a ayudarme a escribir un poema y yo acepté, no sé si de buen grado, pero le puse ganas. Como es habitual en mí, al principio solo escribí un par de parrafitos muy descriptivos, en los que yo hablaba de qué es un arcoíris. Sí, eran descriptivos pero me atrevo a decir, salvando las distancias, que era como prosa poética.
No sé si años más tarde o fueron tan solo meses, decidí presentarme por segunda vez al concurso literario de mi colegio. Esta vez con un poema. Mi padre volvió a ofrecerme su ayuda y yo quise hablar en mi nuevo poema sobre la familia. Algo que todo escritor debe saber y sabe desde el principio, escriba o no escriba, es que para escribir sobre algo hay que conocerlo muy bien primero. Y yo por aquel entonces creí que no había nada que yo conociera mejor que la familia. De nuevo empecé a escribir con lo que yo quería llamar versos qué era la familia. Intenté que quedara bonito. Más tarde, en 3º de ESO, mi profesora de Lengua y Literatura nos preguntó cuál era la finalidad de la poesía. La misma profesora que nos enseñó un método buenísimo para analizar las frases sintácticamente: el método del chopped. Tras varios intentos por parte mía y de mis compañeros de acertar la respuesta a esa pregunta, ella nos dijo: “Para embellecer”. Una obviedad: ¿Para qué sirve la poesía (me vais a permitir que lo haga extensivo a la Literatura en general) sino para embellecer? Me encanta caer en la cuenta de las obviedades, como aquella de que la lluvia no se puede evitar o aquella otra de que sí, vamos a morir, pero somos los únicos seres a los que se nos ha concedido el don de saberlo. Así pues, yo quería expresar qué era la familia y quería expresarlo de la forma más bella que mi cabeza pudiera sacarle a las musas. Mi padre, sentado a mi lado, también frente al ordenador, me iba comentando poco a poco cada vez que yo escribía un verso. Como yo no entendía a qué se refería él y él, creo yo, al principio no se explicó muy bien, finalmente me dijo la clave, el secreto, lo que desde entonces ha sido mi trampolín a la inspiración:
“No, Laura. No cuentes qué es la familia. Intenta expresar cómo es tener una familia.”
En realidad no recuerdo si esas fueron sus palabras, pero estoy segura de haber coincidido al menos en una: “cómo”.
El cómo, sí señor. La gran clave de la poesía, el santo y seña al mundo en que las palabras se ordenan.
En una de mis primerísimas clases de Literatura en el Bachillerato Internacional, al que me apunté por recomendación de mi seño de Lengua de 3º de ESO, la profesora nos preguntó: ¿Qué es más importante en literatura el qué o el cómo? Y escribió en la pizarra el siguiente rótulo:
QUÉ/CÓMO
Estuvimos debatiendo esta cuestión todos los 55 min que duró la clase. A una de las grandes y trascendentales conclusiones a la que llegamos en el debate fue que, efectivamente, sin qué no hay cómo y sin cómo no hay qué. Cuando tocó el timbre, no recuerdo cómo exactamente, la profesora nos iluminó diciendo que si lo principal fuera el qué solo habría un poema de amor, un poema sobre la libertad, un poema sobre la belleza. Pero que, de hecho, lo principal es el cómo, pues es lo que nos permite hablar infinitas veces de un mismo tema, de un mismo qué.
Ahora ya sé por qué me fijo en el cómo de todas las cosas. Gracias al señor Eric-Emmanuel Schmitt por su película y gracias a todos los actores del reparto que la han hecho tan verosímil.
Happy
Thank you

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