martes, 14 de enero de 2014

Primeros resultados

If you don't know where you go
If you won't leave til it's done
Tell me if there can't be won
I don't know where we should run
(Lines, de Lucy Rose)

No fue ella, sino su ensimismamiento el que consumió lentamente y sin pausa el cigarrillo que sostenía entre sus dedos. Ya no recordaba que se lo había liado para fumárselo. Lo apagó envuelta en un aire ceniciento que le trajo recuerdos de Seúl. Sintió cómo aquellos hechos ardientes se iban volviendo gélidos al tacto conforme se acercaban a su consciencia. Hacía años que no se sentía capaz de amar.

- ¿Te apetece curry? Podemos echárselo al arroz.

Natsuki se giró sin llegar a mirarle.

- Me da igual, lo que te sea menos trabajoso.

Una vez él se hubo dado la vuelta, ella se giró del todo y observó cómo se alejaba hacia la cocina. Se llevó a la boca los dedos que antes habían sujetado el cigarrillo, pues había olvidado que ya lo había apagado. Al entrar en contacto la yema de sus dedos con sus labios y no habiendo encontrado una boquilla por donde aspirar, un golpe de frustración mandó de vuelta a casa todos los recuerdos de Seúl. Y ella quería irse con ellos.

- Mejor me voy a casa, se hace tarde y no quiero perder el último autobús.

- Puedes quedarte a dormir si quieres.

Los recuerdos reaparecieron sin previo aviso armando un ruido estrepitoso y perturbador en su mente, como monstruos amorfos pero veloces e incontrolables que la irritaron hasta hacerle perder el miedo a mirarle a los ojos.

- No. Me voy a casa.

- No te entiendo.

- ¿Tú tampoco? En realidad no sé por qué me sorprendo.

Cogió su bolso bruscamente y se dirigió firme hacia el recibidor. Allí se puso los zapatos. Todo estaba tan acelerado que tanto sus recuerdos como sus pensamientos se habían difuminado en una masa de ansiedad blanquecina y vacía, “como cuando se centrifuga la ropa en la lavadora”, pensó. Él le estaba hablando pero ella solo se veía a sí misma atándose los cordones de las botas.

- Ya hablamos.

Esas fueron sus últimas palabras antes de cerrar la puerta tras de sí. El fresco de la calle rozó sus mejillas y ella cerró los ojos esperando sentirse en paz como cuando era adolescente. Pero nada cambió dentro de ella. Ya ni la brisa, ni la luz del sol, ni las nubes coloreadas por el atardecer le decían nada. Cuanto más deseaba ella que todo eso la ayudara a escapar, menos lo lograba. En un intento desesperado de recobrar la sensibilidad que tanto le caracterizó durante años de su vida, tanteó en los bolsillos de su abrigo para encontrar su reproductor de música. Quizás si se ponía su canción favorita mientras observaba la puesta de sol conseguiría emocionarse por la belleza del cielo del ocaso.

- Mierda.

Se lo había dejado en casa. Con el ceño fruncido y las manos en los bolsillos, echó a andar. No era consciente de nada, solo del malestar que sentía en el estómago y que no hacía más que agravar su irritamiento.


Cuando llegó a casa, tras deshacerse con hartura de todos los accesorios de invierno que llevaba puestos, cogió el cuaderno que le habían regalado sus padres y se puso a escribir. Después de lo que ella creía que había sido media hora, pero que en realidad habían sido dos minutos, soltó con violencia el bolígrafo. Desgraciadamente la masa blanquecina y vacía de su cabeza no estaba hecha de palabras. Ella había creído que aquel caos la inspiraría, pero el verdadero caos, el que no tiene orden, el que no tiene un fin o un principio, no es el que atrae a las musas, es el que las ahuyenta. 

Midori, por Ivy Celaya. Inspirado por el personaje de la novela de Haruki Murakami: Tokio Blues.


Segunda parte aquí

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