lunes, 20 de enero de 2014

Claro que lo es

"Mother, you had me, 
but I never had you".
(Mother, de John Lennon)

"Daddy, I write you 
in spite of years of silence".
(Say it ain't so, de Weezer)


Al amor siempre me lo topo donde menos lo espero. Allí donde tanto se da por hecho que parece que su presencia ya no tiene valor. Pero de hecho, ese amor que roza la incondicionalidad, el que estuvo antes de ser consciente de él, antes de saber ponerle nombre, antes de conceptualizarlo, ese amor es el amor verdadero. El resistente al agua, al fuego, al frío y al calor, a la tormenta y la sequía, al hastío y a la distancia. El amor que nos deja ser libres, el que nos ayuda a ser más libres, el que sustenta los peldaños hacia la madurez, ese es el amor por el que hay que alegrarse y por el que hay que luchar. Es aquel por el que merece la pena el sacrificio y la humildad. Es además el más sencillo, el más seguro y el menos inquietante. Es el beso de buenas noches después de apagar la luz del dormitorio, el abrazo durante el llanto de la reconciliación, la mirada comprensiva y las palabras acertadas que paran el mareo que me provoca el mundo. Por ese amor se derraman lágrimas de consuelo, lágrimas de aceptación y no lágrimas de agobio o de ansiedad. Cuando profeso o recibo ese amor es cuando siento más cerca la dimensión trascendente de mi existencia. Es un amor que nunca parece ñoño y cursi. Y gracias a ese amor puedo emocionarme mientras escribo estas palabras, que lejos están de describir fielmente lo que ya formará parte de mí para siempre, pues perdurará en la soledad y tras la muerte. 

En Berlín, por Gerd Schnürer.

Happy
Thank you
More, please

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