La trivialidad nos rodea y nos engulle. Pinta nuestros labios de rojo y nos viste con personalidad. Nos lleva de paseo por las noches a beber cerveza y chupitos. Nos guía por reflexiones sobre el mundo y nos sugiere emitir juicios sin ton ni son. La trivialidad está en nuestros debates sobre la vida y en nuestros apuntes universitarios. Pero nunca encontraremos trivialidad en un grupo de hombres que levantan armazones de madera cargados de esculturas, lámparas, velas, adornos recargados, gruesas telas bordadas… Todos a una, al oír el aviso, levantan a los balcones lo que decimos que es trivial: la escultura de una virgen, de un crucificado. En cambio, pocas cosas son más extraordinarias que el esfuerzo sincero, austero y vigoroso de esos hombres.
Sin más explicaciones.
Feliz
Gracias
Más, por favor.

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