Been wondering if your heart's still open
and if so I wanna know what time it shuts.
Do I wanna know?, de Arctic Monkeys
Llevo mucho tiempo dándole vueltas a este
tema y por fin me gustaría compartir contigo los pensamientos que de momento están más
claros en mi cabeza tras este proceso largo de observación, reflexión y toma de
conciencia y decisión.
Son cada vez más frecuentes los posts en
redes sociales que se escriben acerca de un asunto que nos preocupa y nos
hace pensar sobre todo a los jóvenes de esta generación. Las relaciones
afectivo-sexuales son hoy en día difíciles de pensar. Simplemente se tienen, se
establecen, se encuentran, se terminan y se pierden. Y vuelta a empezar. Se
sienten, se padecen, se disfrutan. Pero no se piensan. Hay una queja disfrazada
de lírica en la red en cuanto al hecho de no etiquetar las relaciones, al hecho
de que sean efímeras y frágiles, al hecho de que se acaben sin haber llegado siquiera
a sentir algo más allá del deseo, la ansiedad, la evitación y el lenguaje no
verbal.
En mi opinión, la queja se formula en realidad contra el no poder
pensar las relaciones, ni poder pensar lo que nos hacen sentir. El problema no
residiría entonces en que las relaciones sean abiertas, cerradas, con o sin
compromiso, de dos noches y media o de dos años y seis meses, el problema sería
no poder pensarlas, creer que no tenemos derecho a decir lo que nos mueven por
dentro. Generalmente las relaciones carecen de un espacio de diálogo y
comunicación en este sentido suficientemente distendido, abierto y profundo. Y
aún iría más allá: el problema está en la falta de comunicación con nosotrxs
mismxs. Estoy de acuerdo en que el origen de esta dificultad está en el miedo a
sentirnos y a sentir al otro o la otra. Y coincido en que la base de conseguir
afrontarla y superarla es el puro entrenamiento (con unas gotitas de valor).
Pero hay algo en lo que todavía quiero seguir pensando.
Hay muchas personas que detectan esto (y
que luego escriben los posts de los que he empezado hablando al comienzo o que
los comparten o les dan like) y que, como he señalado, lo expresan en forma de
queja, incluso a veces con resentimiento, que creo que muchxs hemos sentido y
podemos entender y compartir. Sin embargo, este resentimiento nos lleva a
descalificar a la otra persona, a creer que es cobarde o a usar la expresión
que ahora está en boca de tantxs: "era unx capullx" (o... "una
guarra", pero eso es harina de otro costal). Por otra parte, tendemos a depositar
la responsabilidad en el tipo de relación en sí. Ahí va, grosso modo, un ejemplo: "las relaciones abiertas/cerradas/de
una noche/de cuatro años son una mierda". Es complejo discernir en qué
elemento reside con mayor fuerza la causa del malestar durante o después de una
relación, pero me vais a permitir que use el cliché de que reside un poco en
todos, incluidxs nosotrxs.
Y esto es lo complicadísimo del asunto. En
primer lugar, porque hablar de propia responsabilidad en asuntos que nos dañan
o nos duelen de las relaciones afectivo-sexuales suena mucho a la culpa
judeo-cristiana y genera rechazo. Diré como disclaimer
que no me voy a referir a ese tipo de responsabilidad, sino a otro que me gustaría
exponer a continuación. Y en segundo lugar, porque genera dolor, dolor curable,
pero dolor palpable. Creo que un paso importante en nuestro proceso de
crecimiento personal (y consecuentemente de nuestra tranquilidad y satisfacción
en la vida diaria) es el darnos cuenta de que algo nos hace daño, nos molesta o
nos desequilibra. Esto es el "saber escucharnos". Este primer paso
fundamental somos bien capaces de darlo, la prueba está tanto en las
conversaciones que tenemos, como en los posts de los que hablo y la gran
cantidad de likes y shares que tienen. Una vez que obtenemos esta información
tan valiosa de "esto me hace daño o me viene mal", lo siguiente sería
saber qué hacer con ello. Y a esto lo podemos llamar "saber
cuidarse". Si sabemos que no nos viene bien tomar leche, porque tenemos
intolerancia a la lactosa, lo normal es dejar de tomar lactosa y esto es
"saber cuidarse". Nos abstenemos de tomar lactosa aunque nos chiflen
los alimentos con lactosa, porque sabemos que no nos vienen bien y preferimos
sentirnos bien. Pero nos cuesta, nos fastidia y nos frustra... hasta que lo
aceptamos. Las personas de nuestro entorno lo notan y dicen: "es que sabe
cuidarse" o "¡cómo te cuidas!".
Si cierto tipo de relación
afectivo-sexual nos viene mal y lo sabemos, tenemos el perfecto derecho a
expresar nuestro dolor y nuestra queja y a que nos escuchen y esto, como he
dicho antes, es muy, muy importante: sabernos con derecho a sentir, a pensar
sobre lo que sentimos, a expresarlo y a ser escuchadxs. Pero el siguiente paso
es saber cuidarnos: establecer el tipo de relaciones que sabemos que nos viene
bien, porque seguramente habrá alternativas en las que sí nos sentiremos
satisfechxs y cómodxs. Saber cuidarnos, saber escuchar a nuestros cuerpos y
saber aceptar lo que nos duele y por qué nos duele. Esto es largo y difícil...
Es más, ¿se llega a completar este aprendizaje algún día?
El otro día una adolescente me preguntó
"¿Cuánto tiempo tarda una persona en aceptarse a sí misma?". Pienso
que es un proceso de toda la vida. Siempre estamos en ello, descubriendo cosas
nuevas de nosotrxs mismxs que nos gustan y que no nos gustan y deshaciendo las
madejas. Saber escucharse y saber cuidarse, aprendizajes para siempre.
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| Las ventajas de ser un marginado (2012). Vía |
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