A veces creo que aspiro a imposibles. Me gustaría tomar decisiones siempre de forma libre, es decir, siendo consciente de qué cosas me llevan a las encrucijadas, de qué cosas me impulsan a tomar el camino rojo, el amarillo o el morado, de qué cosas harán que luego me arrepienta o me alegre de haber elegido la opción en cuestión.
Para muchos Berlín es la ciudad de las oportunidades, la ciudad de la historia, la ciudad de la música electrónica, la ciudad del arte y la arquitectura vanguardistas, la ciudad de El Hundimiento, la ciudad del muro. Para mí Berlín es una decisión. Una decisión arriesgada, una decisión que me tomo como una prueba personal. Es como una marca en la pregunta de un examen tipo test.
X) Con respecto a su maduración personal y el futuro desarrollo de su autonomía e independencia, marque la opción correcta:
a) Dejar que todo siga su curso, la maduración llegará sola.
b) Probar ciertas drogas que le proporcionarán una nueva y enriquecedora visión de la realidad.
c) Leer muchos libros.
d) Marcharse unos meses a Berlín.
La versión verdadero-falso sería:
X) Con respecto a su maduración personal y el futuro desarrollo se su autonomía e independencia, lo más provechoso y correcto sería marcharse unos meses a Berlín. V/F
Es de estas preguntas de examen tipo test que te parece que nunca sabrás la respuesta correcta, que te gustaría ir probando una a una y mirando al profesor y que te fuera diciendo si son correctas o no. Estas preguntas que respondes un poco por descarte, que no recuerdas haber visto en los apuntes y que, respondas lo que respondas, siempre fallas al final. Una de estas preguntas que están mal planteadas, hechas para pillarte y que cuando te dicen la respuesta correcta, nunca te quedas satisfecha, no lo entiendes, es discutible, es relativo, es una verdad parcial. Le da a una la sensación de que en esas preguntas no hay opciones correctas e incorrectas, sino que el criterio de verdad radica en el criterio subjetivo, personal y poco transferible del profesor que ha diseñado el examen. Os confesaré algo: nunca he sacado buena nota en ningún examen tipo test.
Tengo miedo, sí. Y algunos me han dicho que soy tonta o que no debería tenerlo. Y yo les digo que el miedo no es cuestión de deber, el miedo se tiene o no se tiene, la cuestión es qué hacemos con él. Podemos sentir el apretón en el estómago y percibir ese arroyo de pensamientos y expectativas negativas en nuestra cabeza y entonces pensar esto es miedo, tengo miedo. O no pensarlo, no pararnos a ponerle nombre a lo que nos pasa. Si verbalizamos lo que sentimos, después podremos hacer otras tres cosas. La primera es dejarnos llevar por el miedo y entrar en pánico y arrepentirnos nerviosamente de la decisión. La segunda sería pensar soy tonta, no debería tener miedo, sin darle cabida a algo que forma parte de nosotros. Pero la tercera... Ah, la tercera opción, la madre de todas las opciones: buscar dentro de nosotros un espacio para ese miedo y decirle efectivamente, ahí estás y aquí dentro te pongo, para saber que esto es algo arriesgado, para ser consciente de que no soy omnipotente, pero ahí te quedas, en tu sitio, donde te pueda ver con distancia y con control. Sí, señores, esto es lo que he decidido hacer con mi miedo y la verdad es que me va bastante bien.
Creo que nunca sabré qué sería mejor, si irme o quedarme. Pero resulta que he pensado que no se trata de lo que es mejor o lo que es correcto: se trata de argumentar. Me explico. Al tomar esta decisión de irme estoy comenzando un discurso y cada cosa buena o mala que me ocurra o que viva allí será un nuevo argumento a favor o en contra. Pero lo importante del discurso, en mi opinión y en la de algunos psicólogos del lenguaje, no es convencer, es comunicar. Todo el feedback que mi experiencia allí me vaya dando acerca de mi decisión, me irá diciendo, comunicando algo. Algo que tiene múltiples interpretaciones, pero yo le daré una, la mía. Y ese mensaje potencial que me espera en Berlín yo lo codificaré dentro de mí según mis propias claves y el resultado final... Ya os lo contaré. Pero no podré responder a las típicas preguntas: ¿Te arrepientes de haber ido? ¿Y si te hubieras quedado, cómo habría sido tu vida? ¿Volverías a tomar esa decisión si retrocedieras en el tiempo? Si uno es sensato y prudente sabrá que esas preguntas son absurdas y carentes de sentido. Berlín supone para mí toda una amalgama de posibilidades y de potenciales decisiones libres que estimularán mi crecimiento personal y el resultado es un misterio, así como lo son los resultados de las opciones que no elegí.
Me esperan una maleta vacía y un día de preparaciones, nervios y expectativas. Me siento libre y me siento adulta poco a poco al hacer uso consciente de esta libertad. Dentro de muy poco volveré a Sevilla, donde la vida de quienes conozco seguirá inexorable, y al cabo de otro poco regresaré a Berlín, y esa segunda vez para quedarme un tiempo más largo. Pero ese es otro viaje, que deberá ser contado en otra ocasión.
Tengo miedo, sí. Y algunos me han dicho que soy tonta o que no debería tenerlo. Y yo les digo que el miedo no es cuestión de deber, el miedo se tiene o no se tiene, la cuestión es qué hacemos con él. Podemos sentir el apretón en el estómago y percibir ese arroyo de pensamientos y expectativas negativas en nuestra cabeza y entonces pensar esto es miedo, tengo miedo. O no pensarlo, no pararnos a ponerle nombre a lo que nos pasa. Si verbalizamos lo que sentimos, después podremos hacer otras tres cosas. La primera es dejarnos llevar por el miedo y entrar en pánico y arrepentirnos nerviosamente de la decisión. La segunda sería pensar soy tonta, no debería tener miedo, sin darle cabida a algo que forma parte de nosotros. Pero la tercera... Ah, la tercera opción, la madre de todas las opciones: buscar dentro de nosotros un espacio para ese miedo y decirle efectivamente, ahí estás y aquí dentro te pongo, para saber que esto es algo arriesgado, para ser consciente de que no soy omnipotente, pero ahí te quedas, en tu sitio, donde te pueda ver con distancia y con control. Sí, señores, esto es lo que he decidido hacer con mi miedo y la verdad es que me va bastante bien.
Creo que nunca sabré qué sería mejor, si irme o quedarme. Pero resulta que he pensado que no se trata de lo que es mejor o lo que es correcto: se trata de argumentar. Me explico. Al tomar esta decisión de irme estoy comenzando un discurso y cada cosa buena o mala que me ocurra o que viva allí será un nuevo argumento a favor o en contra. Pero lo importante del discurso, en mi opinión y en la de algunos psicólogos del lenguaje, no es convencer, es comunicar. Todo el feedback que mi experiencia allí me vaya dando acerca de mi decisión, me irá diciendo, comunicando algo. Algo que tiene múltiples interpretaciones, pero yo le daré una, la mía. Y ese mensaje potencial que me espera en Berlín yo lo codificaré dentro de mí según mis propias claves y el resultado final... Ya os lo contaré. Pero no podré responder a las típicas preguntas: ¿Te arrepientes de haber ido? ¿Y si te hubieras quedado, cómo habría sido tu vida? ¿Volverías a tomar esa decisión si retrocedieras en el tiempo? Si uno es sensato y prudente sabrá que esas preguntas son absurdas y carentes de sentido. Berlín supone para mí toda una amalgama de posibilidades y de potenciales decisiones libres que estimularán mi crecimiento personal y el resultado es un misterio, así como lo son los resultados de las opciones que no elegí.
Me esperan una maleta vacía y un día de preparaciones, nervios y expectativas. Me siento libre y me siento adulta poco a poco al hacer uso consciente de esta libertad. Dentro de muy poco volveré a Sevilla, donde la vida de quienes conozco seguirá inexorable, y al cabo de otro poco regresaré a Berlín, y esa segunda vez para quedarme un tiempo más largo. Pero ese es otro viaje, que deberá ser contado en otra ocasión.
Happy
Thank you
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