Hay un lugar al que siempre he querido ir. Está muy lejos de la realidad pero al lado de la imaginación. He ido muchas veces así, en pensamiento fantástico, pero lo cierto es que no he tenido la suerte de visitarlo realmente, como ocurre en los libros y en las películas. El lugar del que hablo parece tener muchas dimensiones porque en cada historia es de una forma. No obstante, es siempre el mismo infinito lugar: Fantasía. Vivir en Fantasía está subestimado. Yo no creo que sea aburrido ni si quiera para los adultos, ¡en absoluto! El papel de los adultos en él es muy importante, aunque siempre complementario al de los niños. En Fantasía siempre hay algo que hacer, algo con lo que divertirse, algo nuevo que inventar – ya que allí todo es posible –, nuevas zonas que explorar, personajes de los que hacerse amigos y enemigos que vencer. Posiblemente penséis que todo eso también lo podemos hacer aquí, pero no es exactamente así. Aquí todo es mucho más complicado, todo, pero me interesa analizar que el Mal es mucho peor aquí que allí. En Fantasía suele estar muy claro quiénes son “los buenos” y quiénes “los malos”. El Mal allí es mucho más explícito, más fácil de detectar. En Realidad el mal está muy escondido, entra por las puertas más pequeñas e inimaginables de nuestra vida y muchas veces ni siquiera nos percatamos de ello. Solo los niños mayores pueden detectarlo con más facilidad que los adultos: para un niño la muerte de una persona siempre va a ser algo malo, sin embargo, para un adulto puede ser algo bueno o, mejor dicho, beneficioso. Los niños están más entrenados en la detección del Mal porque pasan más tiempo en Fantasía que los adultos.
Peter Pan luchó contra los piratas y los venció; la Comunidad del Anillo y los pueblos de hombres, enanos, elfos y hobbits vencieron a Sauron; Hogwarts venció a Voldemort; Aslan y los niños vencieron a los enemigos de Narnia; el amor venció al mal en numerosos cuentos de hadas; Hawkins venció a los piratas; Momo a los hombres grises; Mononoke y Ashitaka salvaron al bosque y a los humanos de sus enemigos, etc.
Aquí, sin embargo, ni siquiera sabemos contra quién hemos de luchar y a qué debemos vencer. Solo sabemos, en el mejor de los casos, qué queremos defender y, eso sí, todo lo demás es considerado “Mal”. Así pues, intentamos combatirlo. Pero, como en Realidad todo el mundo piensa diferente, al final todos somos enemigos de todos y ya no sabemos dónde colocar la frontera entre el Bien y el Mal. Es más, se discute en las más altas esferas del pensamiento si de verdad existen un Bien y un Mal. Últimamente nos dejamos llevar por una ética cercana a la que expuso Hume: lo que tenga un valor hedónico positivo está bien y lo que tenga un valor hedónico negativo está mal. Pero así no podremos vencer el mal, porque lo que a uno no le gusta a otro le puede parecer maravilloso y no podemos destruir cosas que a otros humanos les parezca maravilloso. De hecho, por hacerlo, es por lo que nuestro mundo sufre y ha sufrido tantísimas guerras.
En Fantasía en cambio, siempre está muy claro contra quién hay que luchar y, aunque no se venza, al menos hay un objetivo bien definido que se sabe que hay que alcanzar. Me gustaría tener eso tan claro aquí.
Todos los demás aspectos de Fantasía está claro que son ventajas. De ahí mi deseo de pertenecer a ella al menos durante una aventura de libro o dos. Si consiguiera llegar allí me gustaría hacer un sinfín de cosas, pero especialmente las siguientes: tener una charla larga y profunda con Gandalf acerca de lo que no se puede saber, del fuego secreto de Ilúbatar; me gustaría escuchar un rugido de Aslan y montar sobre su lomo; me gustaría visitar al Profesor Hora con Momo con ayuda de Casiopea; me gustaría asistir a Hogwarts durante un curso y aprender lo básico de todas las asignaturas; me gustaría volar por Nunca Jamás con Peter Pan y fumar la pipa de la paz con los indios; me gustaría esconderme en un barril de manzanas con Hawkins mientras escuchamos asustados los planes de motín de los piratas; me gustaría abrazarme a Totoro y subirme al Gatobús; me gustaría trabajar en la Casa de Baños de Yubaba; y tantísimas otras cosas.
De pequeña me ponía muy nerviosa subir a una buhardilla en desuso, abrir un armario viejo, doblar una esquina en la noche, pasear por la sierra a la luz de la Luna… pensaba que quizás podrían ser caminos hacia Fantasía, nunca me cerré a esa posibilidad – lo cual facilita siempre que se abran los portales – pero la Realidad es otra. En Realidad no hay más portales que los libros, las películas y la imaginación. Pero yo nunca dejaba de insistir: mi corazón latía con fuerza cuando una situación de la vida real parecía girar en ademán de abrirme un pasadizo a ese mundo.
Conforme más mayor me hago más voy perdiendo la esperanza, pero prefiero no perderla del todo. Al fin y al cabo puedo verla de lejos, como desde la ventanilla de un tren se ve el paisaje, cuando leo los libros, veo las películas, sueño o imagino. El anhelo de llegar nunca dejará de existir dentro de mí. Yo me desarrollo como persona pero no cambio del todo, solo evoluciona lo que ya forma parte de mí. Y cada vez me parece estar más cerca del punto más próximo a Fantasía al que puedo llegar. El secreto es no perder el Norte. Como dijo Lewis en La última batalla, hacia arriba y hacia dentro.
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