a) El ser humano es libre.
b) El ser humano no es libre.
Cualquiera de las dos posturas sirve para mi reflexión. Si el ser humano no es libre está bien claro que desea serlo a toda costa y, si el ser humano ya es libre, está deseando ejercer su libertad como objetivo principal en su vida.
Ser libres es maravilloso. Se ha descrito la libertad tópicamente como el poder volar como los pájaros, quizás porque es algo que nosotros no podemos hacer: podemos recorrer tierra y también podemos nadar y bucear en el mar. Lo único que no está a nuestro alcance biológico es volar. Esto muestra nuestra consideración de la libertad como una capacidad o potencialidad para tener la posibilidad de hacerlo todo, para controlarlo todo, para ser felices haciendo lo que nos apetece en cada instante. ¿Quién no ha soñado alguna vez con volar?
Gracias a Dios, o a lo que queráis, muchos vivimos en una sociedad y en un país libres y la gran mayoría de nosotros tenemos todo lo que podemos necesitar. Aún así nos sentimos insatisfechos. Hoy en día podemos hacerlo todo en mayor o menor medida: estudiar, trabajar, viajar, emigrar, consumir, donar, casarnos, divorciarnos, tener hijos, abortar, esforzarnos, vaguear, descansar, desfasarnos, ser sanos y emborracharnos, drogarnos. Hay un cuasi-infinito abanico de posibilidades entre las cuales podemos elegir lo que más nos venga en gana en cada momento. Es decir, ante un sinfin de opciones, el ser humano, como cualquier otro animal, ha de elegir en función de unos criterios.
Al contrario de lo que podáis anticiparos, no voy a hablar de cuáles son esos criterios o de cuáles deberían ser. Quiero exponer algo de lo que me he dado cuenta en los últimos meses tras analizar y reflexionar la sociedad que me rodea (cosa que siempre recomiendo y que siempre recomendaré que se haga). He descubierto que hemos asumido la libertad como el poder hacerlo todo, es decir, poder hacerlo todo sin llegar a elegir entre las opciones. Hemos confudido la libertad con otra cosa. Consistente la libertad en la capacidad y el efecto de poder elegir, la conocemos como aquello que nos permite hacer todo, y todo ahora, ya. Para explicar un poco mejor a qué me refiero pondré algunos ejemplos.
Una chica es atraida por un chico y viceversa. Estos empiezan a salir y a tener relaciones sexuales. Se han elegido mutua y temporalmente. Poco a poco, hay algo de esa situación que no les gusta: el compromiso. "No estamos saliendo, ¿vale? Pero si nos apetece pues nos vemos en tu casa o en la mía". Al cabo de un tiempo de seguir viéndose bajo esas condiciones, uno o ambos empiezan a hacer lo mismo con otra persona, al mismo tiempo. Surgen los celos, la envidia y los problemas. ¿El origen? No se ha elegido entre estar juntos y no estarlo: si quieres fidelidad comprométete; y si quieres esa "libertad" de no estar comprometido, ¿por qué te molesta que la otra persona esté con más al mismo tiempo? Lo queremos todo, todo ahora, ya.
Una pareja (matrimonio o no) en la mitad de los 30 años de edad a la que le encanta salir y gastarse el dinero que ganan gracias a sus empleos en viajes y en bienes (cosa que no me parece mal), disfrutando de la independencia de no tener hijos, decide tenerlos. Sin embargo, pronto descubren que los hijos son una fuente de problemas: ya no hay tiempo para divertirse como antes, para viajar, ya no hay tanto dinero para gastar y además hay que educarlos, hay que invertir mucho tiempo en ellos. No importa, con una niñera, con los abuelos, en la guardería o... con la tele. Luego los hijos tienen problemas de conducta o de mil tipos. ¿El origen? No se ha elegido entre independencia y tiempo libre y la vida familiar. Si quieres disfrutar del tipo de vida descrito al principio del párrafo y no quieres dedicarle tiempo a tus hijos como se debe, no los tengas. Los hijos son personas, no juguetes que uno tiene o deja de tener. ¿Por qué tener hijos? ¿Por el churreteo de una familia? ¿O por el placer de educar a una persona para que disfrute de la maravilla de vivir? Pues eso requiere un esfuerzo que hay que pensar muy bien antes de dar el paso y supone también renunciar a ciertas cosas, supone hacer una elección.
Como estos, hay muchos más ejemplos sobre el tema de que ejercemos la libertad no ejerciéndola. Es muy llamativo este fenómeno, digno de estudiarse a fondo. Es la mayor contradicción humana que he descubierto hasta ahora: querer ser libres para (no) elegir.
Tal vez asumir la libertad sea incómodo para quienes prefieren, efectivamente, vivir inercialmente. Partir de la base de que uno es libre lleva consigo aceptar que uno es responsable, por lo que es menos penoso dejar, por decirlo así, que las circunstancias decidan por uno. De hecho, cuando nos ocurre que un cambió en una situación de opcionalidad cotidiana, nos fuerza a realizar una de las dos opciones, solemos experimentar, valga la paradoja, cierta liberación. Por eso decía Sartre que tenerse por un yo libre que ha de asumir las consecuencias de sus actos es una condena.
ResponderEliminarPor otra parte, cuando el miedo a la libertad, ahora Fromm, nos abruma, renunciamos no solo al ejercicio de la libertad sino también a la conquista de una autoliberación dinámica y polifacética (psíquica, social...).
Finalmente, hay quien prefiere negar la existencia de la libertad humana porque sostiene que al estar asociada a la responsabilidad, lo está también a la culpa, en el sentido religioso-peyorativo de la palabra.
"¡Qué absurdos son los hombres! Nunca usan las libertades que tienen, exigen las que no tienen. Tienen libertad de pensamiento y exigen libertad para hablar."
ResponderEliminarSoren Kierkegaard